Desencadenar el primer paso. Trazar un camino sin rumbo. Con la furia del deseo y la incertidumbre que no duda en derribar certezas. Borrando las huellas de la ruta conocida. Para que los sentidos se alejen del intelecto y los límites se quiebren. Para que hombre y obra se conviertan en una misma cosa. Y divaguen libres de destino, movidos por la pulsión, como un gesto fuera del cuerpo.

Fluir. Entregarse a la sensibilidad del instante y descubrir la potencia del silencio en la creación.

Crear. Saltar hacia el abismo. Abandonarse a la travesía de la pasión sin brújula ni mapas. Sin otro norte que los propios impulsos.

Dejar que la trama final de la obra escape a los planes de la mente. Que el diseño milimétrico pierda sentido. Que el terreno firme y seguro se esfume y dé lugar al misterio.

¿Cuándo decir basta? ¿Cómo saber cuál es el momento preciso para dejar ir a la obra? ¿Cuándo deja de ser una extensión del artista y se transforma en una criatura autónoma? ¿Quién tiene el poder o el coraje de tomar la decisión?

Muchas veces, soltar resulta más complejo que iniciar el camino: la entrada puede ser fácil; la salida, una incógnita. El artista es quien desea, imagina y gesta la obra. La ve crecer dentro y fuera de su cuerpo, siente sus latidos de animal indómito. Observa cómo madura y, en algún momento, la deja ir. Obra y hombre se liberan. Se desprenden del pulso que los mantenía unidos. Cortan el cordón y avanzan en busca de un nuevo misterio, de otro nacimiento.

El artista siempre está en el inicio de un proyecto, al borde del precipicio de la tela en blanco. Quiere sentir la adrenalina del desafío creativo. Escuchar la música inexplicable del primer encuentro. Sumergirse en el vaivén enloquecido de amor y desamor, de dolor y gozo, de contención y desamparo, de abrigo e intemperie que alberga el alma de un cuadro, la representación de la existencia misma.

El bastidor es el límite. El marco temporal entre el nacimiento y la muerte. Un paréntesis que vibra. Expresarse es perderse y encontrarse en la fugacidad del instante. El alma como un universo.

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